Hace un tiempo, unos ocho meses atrás o quizás más, estando de visita en casa de un amigo descubrí en su sala de trabajo, atrapado bajo una polvorienta rumba de papeles, un pequeño libro cuyo aspecto delataba no haber sido abierto por largo tiempo. Ante un primer examen superficial de la olvidada obra, el melancólico tono amarillento de las hojas denotaba en ésta ya varias décadas de encuadernación. No me equivoqué, pues pude verificar en su interior que la edición databa de 1936, bajo el sello de "Étoile du Sud", una pequeña editorial francesa ubicada en algún pintoresco suburbio parisino, cuyas luces se apagaron a principios de la década del '50, según precisó mi anfitrión.
Al continuar mi inspección, pude ver que se trataba de un poemario de unas 60 páginas, y que, aunque mi conocimiento del idioma fráncés es más bien modesto, los poemas eran de corte amoroso. El autor era un tal Jean Jacques Lenoir, nombre que ignoraba absolutamente y del que en el breve exordio del libro se consignaban como datos personales su nacimiento en Toulouse el año 1916, su traslado a París en 1933 para estudiar letras en la Sorbonne, y que la obra en cuestión, llamada "Dans l'ombre de la Rose" (A la sombra de la Rosa), era su debut editorial.
El hecho de mi ignorancia, sumado a la laconicidad de la descripción ofrecida en la introducción, incitaron mi natural curiosidad, por lo que inquirí a mi amigo detalles sobre Lenoir y sobre como se hizo de ese libro, a lo cual me respondió que no era extraño mi desconocimiento, puesto que a Lenoir ni siquiera en Francia le conocían, y que si tenía algo de tiempo, podría satisfacer mis cuestionamientos, a lo que contesté afirmativamente, disponiéndome a oírlo.
Comenzó diciendo que el poemario su padre lo había adquirido en un viaje que hizo a Francia en 1998, con motivo de la Copa Mundial de Fútbol. Según a él le había a su vez relatado, dos días antes de abordar el avión de regreso a Chile, decidió renunciar al programa que le proveía para ese día la agencia que había contratado para el viaje, y se dispuso a recorrer en solitario y como un parisino más, diversos rincones, históricos o no, de la ciudad luz. Después de horas de animada caminata, en algún estrecho y anónimo boulevard descubrió una oscura librería, con aspecto de ser muy antigua, pero que no carecía de encanto, con su quejumbroso piso de madera y repleta de inmensos estantes desbordados de libros y revistas. En ese especial y acogedor ambiente, le pareció mejor atesorar, como amante de las letras, algunos de esos libros en lugar de las ordinarias réplicas en miniatura de la torre Eiffel, como recuerdo del viaje. De ese modo, sumergiéndose en los atestados muebles, cogió casi por azar el libro de Lenoir, un nombre que no le sonaba de nada, pero cuyo título le cautivó, y tras leer un par de poemas, decidió comprarlo junto a otras obras de autores de renombrada fama.
Eso sí, antes de marcharse de allí, preguntó al librero, un viejo señor con aspecto de sabio, si sabía algo sobre ese misterioso poeta, Jean Jacques Lenoir. Ante la consulta, monsieur Renard (así se llamaba el librero), animada y cortésmente le ilustró sobre lo que había logrado recabar respecto del poeta en sus largos años en la librería. Partió confesando que desde su publicación, cuando el local aún pertenecía a su padre, había leído con gusto los versos de Lenoir, que, como su autor, siempre fueron de bajo perfil, prácticamente desconocidos en toda Francia. Hacia 1938, en una revista literaria dedicada a nóveles poetas, pudo corroborar que efectivamente había nacido en 1916, en Toulouse, y había emigrado a París para estudiar en la Sorbonne en 1933, como se mencionaba en su obra; y se enteró además, con satisfacción, que se encontraba preparando un nuevo libro que pensaba entregar a su editor al año siguiente. Pero, de acuerdo al relato del señor Renard, nunca llegó ese segundo libro a ver la luz: Lenoir apenas iniciada la segunda gran guerra se alistó en el ejército y fue destinado al frente, en el cual murió combatiendo en 1940; según supo largos años después de boca de otro poeta que solía frecuentar su local, contemporáneo de Lenoir y compañero suyo en el frente, el que también le contó que Jean Jacques se había llevado el manuscrito de su segundo libro consigo, con la esperanza de ultimar los detalles, y el que finalmente terminó perdido en el campo de batalla, devorado por la humedad y el tiempo.
Al terminar mi amigo su entretenido relato, le pedí prestado el libro en cuestión, a lo que accedió de buena gana, y luego ya en casa, con la ayuda de un buen diccionario me sumí en su lectura, la que de manera alguna me fue de poca dificultad. Ahora que ya he terminado, quisiera compartir alguno de estos poemas, como forma de dar a conocer a este poeta ignoto:
CUANDO CAE LA NOCHE
Cuando cae la noche,
Cuando cae,
Extendiendo su manto de sombras
Surcado de brillantes astros;
Cuando cae, serena,
Apagando las voces febriles y los clamores
Que en la ciudad bullen;
Cuando cae,
Sembrando la calma,
Dejando imperceptiblemente paso al silencio;
A la distancia,
Siento la dulce voz de tu corazón,
Cantando suavemente,
Como el murmullo de una vertiente cristalina;
¿Acaso -cuando cae la noche-
No oyes tú al mío diciendo,
Acompasadamente y sin cesar
Cuando cae la noche,
Cuando cae,
Extendiendo su manto de sombras
Surcado de brillantes astros;
Cuando cae, serena,
Apagando las voces febriles y los clamores
Que en la ciudad bullen;
Cuando cae,
Sembrando la calma,
Dejando imperceptiblemente paso al silencio;
A la distancia,
Siento la dulce voz de tu corazón,
Cantando suavemente,
Como el murmullo de una vertiente cristalina;
¿Acaso -cuando cae la noche-
No oyes tú al mío diciendo,
Acompasadamente y sin cesar
“Te quiero”?

1 comentario:
Estaría precioso leerlo en frances, seguro que suena genial, aunque el esfuerza de la traducción es increible!
http://lapoirerouge.blogspot.com/
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